¿Qué nos falta a las mujeres?

¿Que qué nos falta? ¡Poco para ser perfectas, demasiado para creérnoslo! Y por favor, tómate esta frase como una exageración, como algo llevado al límite, como algo que no es cierto, pero tampoco falso. Quédate a mi vera y te lo explico:

Perfectas no somos. Ni lo seremos, que lo de ser perfecta debe ser muy aburrido. Perfecto es un círculo. Y yo me niego a ser una circunferencia.

Odio generalizar. Y mucho menos hablando de mujeres. Demasiados chistes e intencionadas creencias hay por ahí circulando como para echar más leña al fuego… Sin embargo, no me resisto a poner de relieve qué echo de menos en demasiadas mujeres. Y no es otra cosa que seguridad.  Aplomo. Incluso jeta. Como quieras llamarlo.

En absoluto le pasa esto a todas. Hay infinidad de mujeres valiosas que se muestran como son, valientes y luchadoras, auténticas, trabajadoras, capaces, perseverantes. Son cada vez más y más. Se rodean de personas y hablan a personas, sin pararse a pensar si les toca rellenar la casilla del género con una “uve” o una “hache”. Avanzan, demuestran, viven, gozan y se sienten plenas. Me fascinan. Y me encanta que en estos momentos se agolpen en mi mente nombres y nombres de mujeres con fuerza a las que admiro por cómo viven su vida. Amigas, familiares, personalidades,… Por fortuna hay grandes mujeres allá donde miremos.  Sin embargo, no todas lo saben.

Últimamente he podido asistir a varios actos empresariales. Mucha gente, buen ambiente, muchos hombres, menos mujeres. Y habrá sido casualidad, quizá coincidencia, pero en su mayoría ellas se han mostrado mucho menos seguras que ellos. En igualdad de condiciones.

¿Somos distintos hombres y mujeres en cómo transmitimos y expresamos nuestros proyectos? A la hora de hablar en público, ellos se han lanzado con determinación. Ellas han pedido disculpas. Muchos de ellos han comenzado con una broma. Ellas, diciendo que estaban nerviosas. Ellos con voces fuertes. Ellas con diminutivos. Y su valía y la de los proyectos que presentaban eran de igual calidad. Su mérito era enorme, pero su manera de mostrarlo completamente opuesto.

A nosotras se nos ha educado en la humildad y en el no presumir. A ellos también, pero con bastantes más concesiones. Somos nosotras en exceso prudentes y modestas y nos cuesta demasiado encontrar esa actitud que revele seguridad en nosotras mismas y firmeza. Carácter. ¿Es cuestión de autoestima? ¿De identidad? ¿Estamos todavía encontrando nuestro sitio?.

A la hora de exponer ante un auditorio, o sencillamente ante un único posible cliente, proveedor o colaborador, es necesario mostrarte con fuerza. Es vital para lograr poner en valor el trabajo realizado y los beneficios de tu apuesta.

¡He dicho fuerza, no prepotencia!  Tan malo es quedarse corto como largo… En una de las presentaciones, uno de los chicos llegó con demasiadas tazas de autoestima encima. Le faltó decir que era Dios. En varios momentos, el público se rió de sus bravuconadas. ¿Sabéis una cosa? Él ni se enteró. Pensaba que le daban la razón. No seré yo quien defienda a los fanfarrones, pero tengo que reconocer que ¡me dio cierta envidia! Ni tanto ni tan calvo, pero un poco de aplomo y de ganas de presumir no nos vendría mal a muchas… y a muchos.

Y en todos estos devaneos encontré, gracias a una de esas mujeres que saben mostrar su valía con naturalidad, la conferencia de Amy Cuddy.  Amy Cuddy es una psicóloga americana que ha dado un giro a la influencia del lenguaje corporal. Ha demostrado que nuestra expresión corporal no sólo produce efectos en los demás, si no también en nosotros mismos. Nuestro cuerpo cambia nuestra mente. Si adoptamos posturas poderosas, nos sentimos más fuertes y lo que es mejor, terminamos siéndolo. Y por si fuera poco, lo reflejamos a los demás. Son 20 minutos. Merecen la pena.

¿Me cuentas tus impresiones? ¿Tus sensaciones? Tengo ganas de escucharte.

 

 

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4 comentarios el “¿Qué nos falta a las mujeres?

  1. A tu vera.

    Estoy de acuerdo en que generalizar suele ser un error. Y, también a mi pesar, estoy de acuerdo en que hay mujeres que se venden poco y mal. Que no se acaban de creer que ellas mismas son una marca y que su producto/servicio es bueno. O mejor. O no.

    Me baso también en mis últimas experiencias en presentaciones en público.

    ¿Cómo es posible que yo, varón, consiga cambiar el orden de ponencias a mi conveniencia ante dos mujeres -una, organizadora y presentadora; la segunda, la otra ponente- a falta de diez minutos para comenzar el acto en una ciudad que era la suya y no la mía?
    Apunto que, objetivamente, su preparación y experiencia en estas lides era infinitamente mayor que la mía: era mi primera ponencia, si es que se puede llamar así a lo que hice.

    En otras ocasiones, periodistas con lustros de experiencia en radio se dejan avasallar. Por mí ¿Hombres? Sí. Pero sobre todo mujeres.

    Es un fenómeno tan triste que las excepciones sorprenden. Inadmisible.

    Puede ser, como apuntas, un fenómeno con una raíz educacional. Nuestra generación debiera ser la última, pues.

    Sinceramente, no me gustaría que mi hijo, ante una situación como la que he describo arriba, actuara del mismo modo que yo. No me gustaría que fuera tan perro como para detectar debilidades basándose en una premisa de género. (En mi descargo, quiero seguir creyendo que me basé en su inseguridad, independientemente de que tuvieran genitales externos o no). No me gustaría que sus dos acompañantes admitieran su propuesta de última hora.

    Si comunican hasta las piedras, Amy Cuddy tiene un problema conmigo, con los sordos y con mucha más gente. No le entiendo todo. Más bien retazos. Las proyecciones y los “So, I… I…”. Me quedo con el mensaje a medias, me gusta el esbozo bioquímico como base científica (eso sí lo comprendo, conceptos etimológicamente análogos).
    Ahora, lo del flequillo comunica y mucho. Me dice que muchas cosas, no lo puedo evitar. Será deformación profesional. La principal ¿qué esconde? Y se echa las manos a la espalda. Y esos planos cortos, cuando tiene el baile de San Vito o muchas ganas de ir al servicio, ¡me mareas, Amy! Será culpa del cameraman. O camerawoman.

    Te prefiero a ti.

    Good working again, Cristina Ochoa.

    • Gracias por tu comentario, Sergio. ¿Sabes qué me encantaría? Que todas las personas valiosas, hombres y mujeres, se sintieran como verdaderamente son. Muchas veces la inseguridad es tan sólo una muestra de los muchos miedos y temores que tenemos. Si poco a poco todos pudiéramos ganar en confianza y en creer en nosotros mismos, surgiría de forma natural la fuerza para mostrarnos ante los demás como somos (¡y no dejarnos manipular por nadie, ni siquiera por ti!)

      Y el flequillo de Amy, cierto, no está en su sitio y le tapa la mirada, pero no creo que fuera consciente de ello. Por lo demás, me encantó.

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