Hipocresía virtual

Será que soy de Pamplona y aquí tenemos fama de ser rancios y poco dados a ser simpáticos con quien no conocemos. No digamos nada si el que se te arrima viene con ánimos libidinosos. Dicen ellos que ligar en Pamplona es un milagro. Dicen ellas que, con la locuacidad con la que se te acercan (su máximo piropo es “rubiaaaaaa” aunque seas morena azabache), no hay duda alguna: mala cara, carne de burro que no te veo y a seguir.

En fin, que será que soy de Pamplona, pero me alucina lo simpática que Evil and angeles mucha gente en las redes y luego, cómo se transforma (o se muestra real) en la vida no virtual. Y no entiendo esa dicotomía. ¿Qué tiene la red para que broten dos personalidades tan distintas? 

Por Facebook somos capaces de felicitar a quien jamás descolgaríamos el teléfono para desearle un buen día. En LinkedIn solicitas que te acepten en su red profesional a quienes, quizá, no te atreves a saludar en un evento. Y lo cierto es que todo esto, en sí mismo, no es malo. Las redes sociales nos han abierto otro mundo y nos han ayudado a perder vergüenzas inútiles por el camino. Han logrado que estemos interconectados y que inventemos nuevas formas de relacionarnos. Antes, la vida social se resumía a familia, amigos y conocidos. Ahora podemos añadir un sinfín de categorías más: amigos de facebook, del grupo del Whastapp, seguidores de Twitter…

Sin embargo, lo que no logró entender, es cómo alguien puede ser muy activo en redes sociales y luego, al cruzarse por la calle con sus seguidores, fans, contactos y demás, rehuyen la mirada y hacen como que no les han visto. 

Viene a ser algo similar al “síndrome coche” que algunos sufren… pero al revés. Al volante, son capaces de soltar por su boquita las más tremendas barbaridades. Escupitajos que jamás dirían a nadie si no tuvieran el volante entre las manos. Las redes sociales producen el efecto contrario: les vuelven más agradables, cumplidos, detallistas y participativos. Muestran su mejor cara… y luego la guardan en un cajón bien cerrado cuando tienen que salir a la calle. Priman lo virtual… y plantan a lo “real”.

Olvidan que la marca personal es única. Tú eres tú: siempre. Aquí y allá, on line y off line, en la red y fuera de ella. De lo contrario, algo no cuadra. ¿Quién eres? ¿El tipo simpático que cuelga mensajes positivos en facebook o el cara mustio que mira para otro lado por no tener que saludar?

Supongo que será también cuestión de tiempo y que, todavía, esta situación es nueva para muchos. Ser amigo en facebook es sencillo. Comportarse de un modo normal fuera de esa red, no lo debe ser tanto.

¿Qué opinas? ¡Y no me digas que no te has encontrado con una situación como ésta jamás!

 

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5 comentarios el “Hipocresía virtual

  1. Vaya… pues será que yo también soy de Pamplona… porque a mí también me ha pasado.
    Y he alucinado. En concreto con una persona me pasó que me invitó a un evento, a participar en él e incluso a dar alguna charla y no pude por tema de trabajo pero me acerqué a una de las charlas (que fue ideal) y a ver su evento. Le felicité y le saludé y ella fue bastante seca y bastante distante. Y claro, te quedas muy cortada.
    Y he de decir que también me ha pasado lo contrario. Conocer gente que sigo en la red y parecerme tan majas majísimas que aún les sigo más!!
    Un abrazo!! Ana

    • ¡Hola Ana! Sucede, sucede… Tanto lo uno, como lo otro. En el primer caso, te quedas chafada. En el segundo, es siempre una satisfacción y una oportunidad más para conocer a personas que merecen la pena. ¡Abrazo!

  2. Pienso en ello y creo que tiene que ver con la comodidad. Las redes son sociales desde el momento en que luego se pueden seguir proyectando en el mundo real. La realidad es que son asociales porque estás en tu intimidad, aumentando esa misma red sin ni siquiera plantearte cuándo fue la última vez que abrazaste a esa persona. Igual me he pasado con el abrazo…

    No cabe duda de que es una forma de comunicación, a veces casi anónima y falible. Yo suelto que me caso, por ejemplo, y el que se entere por este medio, bien. El que no, bien también: no se me ocurrió enviarle una solicitud de amistad.

    Cuando en las redes sociales, hablo de facebook y twitter, lees algo que te desagrada, que te choca, que te remueve, tanto por el fondo del mensaje como por el planteamiento, esto no viene sino a corroborar el espíritu naïf que las inunda. Si dejamos fuera las reinvindicaciones, sin pararnos a valorar su conveniencia o no, nos quedan unos mensajes que parecen de certamen de Miss Universo. Con todos mis respetos a los universos, vaya por delante.

    El mensaje incorrecto, el que puede tener consecuencias porque te puede marcar como un vinagre -yo también soy de Pamplona/Iruña y soy más burro que una piara-, ése que parece que nadie espera leer en estos medios virtuales, llega. Choca. Comunica. Se diferencia. Abogo por la sinceridad y esa marca personal a la que haces referencia. Todos tenemos días malos, no veo por qué no lo podemos hacer saber a través de facebook (ni un me gusta, eso garantizado).

    Por otro lado, rompo una lanza y me alegra horrores las oportunidades que me ha dado para reencontrarme con personas y colectivos, rememorar andanzas y sí, encontrar a esa chica por la que estaba como una maraca en el colegio. Que, por supuesto, acepta tu solicitud, bromitas mediante.

    • Ser tú mismo es eso, ser tú mismo. Y no estamos siempre igual. Podemos tener un mal día y mostrarlo, ¿por qué no? Pero no hacer diferencias entre las redes y el mundo off line. Algunos parecen estar en posición “soy la leche de majo” en las redes y luego son un vinagre fuera de ellas. Y es éso lo que me desconcierta… Nadie es absolutamente coherente y todos tenemos contradicciones. Pero fuera y dentro.

      Las redes pueden utilizarse como una máscara. La distancia y la intimidad a la que haces referencia lo permiten. Tienes más tiempo para medir y preparar tus respuestas. No te ves descubierto por el exabrupto que puede salir de tu boca en “vivo y en directo”. Juegas en diferido y eso te da un margen para maquillar la imagen que transmites.

      Gracias, Sergio, una vez más, por detenerte a leerme, a pensar y a escribir.

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