¿Por qué me llaman Elena cuando soy Cristina?

upset-534103_1920Pregunta retórica donde las haya: sé el motivo. Más bien, sé los motivos. Algunos son muy particulares, pero otros, aunque no lo creas, te afectan a ti.

Comenzamos por el principio: Elena Ochoa, la famosa sexóloga que revolucionó España con su Hablemos de sexo, tiene mucho que ver. Mi apellido se asocia indisolublemente a ella. Otra Elena Ochoa, la conocida periodista de TVE , también ayuda a que esta asociación sea aún más fuerte.  Hasta ahí todo normal. Entendible.

¿Pero qué pasa para que, además del susodicho Elena, cuando se equivocan me llamen siempre por otros nombres que se repiten una y otra vez? Lease Esther, que a priori poco tiene que ver con Cristina aunque, si uno se fija, puede percibir que el sonido “st” está presente.

De todos ellos, el sumun de los sumun se lo lleva… tachán, tachán: Conchín. Lo juro. Lo hiperjuro. No ha sido ni una, ni dos, ni tres. En muchas ocasiones, me han llamado Conchín. En una versión avanzada del software Winzip, algunos comprimen Cristina y Ochoa, lo exprimen, lo estrujan, lo apalean… y de todo ello, sale: Conchín.

¿Y cuál es la conclusión que saco de todo ello? En mi opinión, simple y llanamente confirma un estudio que escuché hace muchos años y que he sido incapaz de encontrarlo y demostrar su existencia o veracidad científica, aunque la experiencia empírica me basta para creerlo a pies juntillas.
Aquel estudio decía que el nombre que peor pronunciamos es precisamente el nuestro. ¿Por qué? Porque lo repetimos constantemente, porque nos lo sabemos, porque lo damos por hecho, porque ya es un dato que nos aburre.

Y todo ello termina en mil y un momentos de nuestra vida en los que, a la hora de presentarnos, decimos nuestro nombre a tal velocidad y con tan poca dicción, que ni el más rápido del lugar es capaz de descifrar el enigma.

Todo ello, sumado a que muchos no prestan la mínima atención y no se esfuerzan en retener el nombre de los demás, hace que nos movamos en un magma de bultos sin identificar. Y suena metafórico, rocámbolesco y cuasi-ciencia-ficción, pero es la verdad. ¿Y cuáles son sus consecuencias? Tan importantes como que no logramos que noshead-580910_1920 recuerden, que se queden con nosotros, que nos asocien con un nombre que puedan luego retener en su memoria.

Por ello, siempre recomiendo seguir dos claves imprescindibles:

  • Cuando vayas a presentarte, haz una pausa y pronuncia bien tu nombre, con claridad, con tiempo, con entusiasmo. No hablo de hacer teatro, sino sólo de que tengas en cuenta que ésta es una cuestión esencial para iniciar una buena relación personal, profesional, social o de cualquier tipo.
  • Esmérate por recordar el nombre de los demás: busca aquello que te ayude a que se quede grabado en la memoria (una imagen, una asociación mental con otra persona,…) ¡lo que sea!, pero trata al máximo de conservar su nombre. Te hará ganar muchos puntos en futuras ocasiones cuando vuelvas a encontrarte de nuevo con ese inversor, posible socio, cliente o prescriptor.

Una de las historias más gloriosas me pasó hace 7 u 8 años. Por aquel entonces, presentaba un programa de televisión que, a falta de encontrar mejor título, se llamaba “Cristina y Compañía”. En la sala de maquillaje, solía saludar y conversar con los entrevistados. Uno de ellos llegó… y me llamó Elena. Por aquello de que íbamos a salir en directo unos minutos después, le aclaré que me llamaba Cristina. Otra vez me llamó Elena. Eli, la maquilladora, con una sonrisa, le dijo que me llamaba Cristina. Al rato, salta: “Una pregunta: si te llamas Elena ¿por qué tu programa se llama Cristina y Compañía????” Casi morimos de la risa. Y no lo hice, no, pero estuve por contestarle: “Tú, por ser tú, llámame Manolo”.

Estoy segura de que a ti, también te habrán pasado mil y una anécdotas. ¡Y me encantaría conocerlas! Si te apetece compartirlas, ya sabes… Déjanos un comentario y todos lo disfrutaremos.

 

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