Una de suegras y nueras… o cómo poner el ejemplo correcto.

apple-pie-635241_1920Título extraño, lo sé. Lo explico ahora mismo. Juro que tiene sentido.

En mis charlas o cursos de habilidades de comunicación, suelo contar muchas historias, reales o inventadas. Sirven para ilustrar ideas, sentirnos identificados y asimilar mejor el contenido.

Pues bien, uno de esos ejemplos consiste en imaginar que estás haciendo una tarta de manzana, pelando y cortando la fruta, mezclando los ingredientes… cuando se acerca tu suegra, levanta la ceja, se afila el dedo índice y comienza a bombardearte con lindezas del tipo “¿no le estás echando demasiado azúcar?”, “¿ya has terminado de batir los huevos?”, “¿así partes la manzana?”, “¿no sería mejor que pusieras harina en la base como hago yo, en vez de embadurnar la fuente con mantequilla y dejarla toda cochina?”. La anécdota suele funcionar y, enseguida, encuentras rostros que asienten y sonrisas cómplices que les delata.

Pues bien: hace poco tuve la fortuna de dar una charla en una Asociación de Viudas. Ahí me fui yo, toda contenta y con toda la ilusión del mundo de compartir conversación con mujeres con historia y experiencia y muchas ganas de seguir aprendiendo. Fue una tarde fantástica. La charla iba muy bien y llegó el momento de contar la anécdota de la tarta. Y en el momento culmen, saltaron las alarmas y me di cuenta de que estaba, literalmente, en una sala llena de suegras.

Ya había comenzado con el relato, así que no podía echarme atrás. Lo único que se me ocurrió, fue impersonalizar. “Y entonces, mientras estás haciendo la tarta, llega alguien y empieza a decirte: “”¿no le estás echando demasiado azúcar?”, “¿ya has terminado de batir los huevos?”… En ese instante, dos o tres señoras dijeron bien alto “¡LA NUERA!”. Y no pude más que echarme a reír, continuar la historia cargando contra las nueras y reconocer, al final, que siempre cuento este ejemplo con el personaje de la suegra.

Podrá parecerte una tontería, pero lo que ocurrió en aquella pequeña sala me hizo darme cuenta de dos aspectos importantes:

  • Lo aferrados y limitados que estamos a mirar todo siempre desde nuestra perspectiva, según nuestras vivencias y momentos, sin tener en cuenta que hay otras miradas y realidades más allá de nuestras narices. Creo que hasta ese día, no me había percatado del pequeño detalle de que algún día puedo yo misma “convertirme” en una suegra y estar hasta los cataplines de la nuera.
  • Lo importante y esencial que es adaptar los ejemplos, historias y comparaciones al público que tengas delante. Si no lo hubiera hecho de este modo, probablemente habría salido vapuleada por una rebelión de suegras.

Y es que siempre, siempre, siempre, debemos pensar a quién nos dirigimos, cuáles son sus preocupaciones y qué imágenes están en su mundo más próximo. Si no nos acercamos a su realidad, no lograremos hacer que nuestros mensajes lleguen donde deseamos.

Por todo ello, aquí va mi historia, con moraleja. Aprendí la lección. ¿Y tú?

PD. Vaya por delante, por la paz familiar, que mi suegra jamás me ha dicho cómo hacer una tarta de manzana. (Aunque también es cierto que nunca he hecho una ;))

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